“…así fue como el latín vulgar se desgranó en tantas lenguas como pueblos la hablaban: en la locura de Alonso Quijano, la valentía de Tirant, la inmensidad de Jean Valjean …”
Sáez Cuesta
Breve historia de las lenguas y los pueblos
Cuando Mendoza fue asesinado en su estudio barcelonés, yo llevaba un par de años en Londres, encadenando contratos temporales y buscando mi lugar.
Mendoza fue vecino y amigo de la familia. Apasionado de los idiomas, poseía una innata habilidad para aprenderlos. Dominaba diez lenguas –alguna de ellas desaparecida- y había consagrado su vida a un estudio comparado entre las distintas familias lingüísticas, del que no quedó rastro tras su muerte.
De niño, en ocasiones mis padres me dejaban a su cargo. Él me sentaba en una silla frente a su escritorio y me daba una vieja edición de un atlas del club del libro frente al que pasaba horas imaginando viajes. Le recuerdo entre libros, hablando para sí en lenguas imposibles, mientras garabateaba páginas de su cuaderno.
La universidad, y más tarde el trabajo, me alejaron de él en el momento en que lo encontraba más interesante, en que comenzaba a entenderlo. Me alejaron de sus historias de pueblos antiguos, de su despacho y del atlas. El tiempo, y tal vez la distancia, habían difuminado el recuerdo, de modo que cuando llegó la noticia de su muerte tan sólo sentí un calmado dolor, una leve lástima. Excusándome en motivos banales, no acudí a su funeral.
La policía pronto detuvo al asesino. Sáez, escritor y amigo de Mendoza, se confesó culpable de un crimen que, según el periódico de catalunya, redefinía la infamia “per l’antiga amistat, l’abús de confiança, la manca més absoluta de mòbils”. La mirada de Sáez en las fotos de la prensa, esposado y sin ocultarse a los flashes, ratificaba su culpabilidad.
Tras diez años de decepciones, regresé al viejo piso de la familia en Barcelona. Me engañaba diciéndome que necesitaba darme un tiempo, cuando en realidad sólo quería huir. Y acabé encontrándome con Mendoza.
Todo sucedió por un azar. La sobrina de Mendoza, su única familia, estaba vaciando el apartamento de su tío para alquilarlo. Mendoza, que había padecido una suerte de síndrome de Diógenes literario, era incapaz de deshacerse de cualquier papel escrito. Los libros desbordaban su mesa, las estanterías crecían hasta el techo, superaban el despacho, discurrían por el pasillo. La ausencia de una señora de Mendoza, me temo, agravó aquel mal.
Su sobrina, de carácter más pragmático, optó por vender a peso cuanto papel encontró, y durante días desfilaron incontables cajas por nuestra escalera. En el azar de mi historia, una caja entreabierta mostraba un atlas manoseado.
Cuando lo abrí, sentado en mi habitación, unas cuartillas manuscritas cayeron al suelo. Era la carta en la que Mendoza justificaba su trabajo, el móvil que en vano buscaron los mossos d´esquadra tras su muerte. Aquellos papeles habían dormido diez años entre el Ganges y el Himalaya. Comprendí, entre lágrimas, que yo era el destinatario de sus palabras, que Mendoza me las hacía llegar de la forma más directa: a través de aquel Atlas, y que sólo mi actitud, traicionando su recuerdo, faltando a su sepelio, me impidió recoger su mensaje. Así fue como, diez años después, le lloré.
Transcribo a continuación el documento encontrado en el Atlas. El documento que, de alguna manera, justifica a Mendoza:
(falta alguna hoja al principio, perdida en el traslado del atlas, o en las circunstancias en que se envió el mensaje)
Mendoza fue vecino y amigo de la familia. Apasionado de los idiomas, poseía una innata habilidad para aprenderlos. Dominaba diez lenguas –alguna de ellas desaparecida- y había consagrado su vida a un estudio comparado entre las distintas familias lingüísticas, del que no quedó rastro tras su muerte.
De niño, en ocasiones mis padres me dejaban a su cargo. Él me sentaba en una silla frente a su escritorio y me daba una vieja edición de un atlas del club del libro frente al que pasaba horas imaginando viajes. Le recuerdo entre libros, hablando para sí en lenguas imposibles, mientras garabateaba páginas de su cuaderno.
La universidad, y más tarde el trabajo, me alejaron de él en el momento en que lo encontraba más interesante, en que comenzaba a entenderlo. Me alejaron de sus historias de pueblos antiguos, de su despacho y del atlas. El tiempo, y tal vez la distancia, habían difuminado el recuerdo, de modo que cuando llegó la noticia de su muerte tan sólo sentí un calmado dolor, una leve lástima. Excusándome en motivos banales, no acudí a su funeral.
La policía pronto detuvo al asesino. Sáez, escritor y amigo de Mendoza, se confesó culpable de un crimen que, según el periódico de catalunya, redefinía la infamia “per l’antiga amistat, l’abús de confiança, la manca més absoluta de mòbils”. La mirada de Sáez en las fotos de la prensa, esposado y sin ocultarse a los flashes, ratificaba su culpabilidad.
Tras diez años de decepciones, regresé al viejo piso de la familia en Barcelona. Me engañaba diciéndome que necesitaba darme un tiempo, cuando en realidad sólo quería huir. Y acabé encontrándome con Mendoza.
Todo sucedió por un azar. La sobrina de Mendoza, su única familia, estaba vaciando el apartamento de su tío para alquilarlo. Mendoza, que había padecido una suerte de síndrome de Diógenes literario, era incapaz de deshacerse de cualquier papel escrito. Los libros desbordaban su mesa, las estanterías crecían hasta el techo, superaban el despacho, discurrían por el pasillo. La ausencia de una señora de Mendoza, me temo, agravó aquel mal.
Su sobrina, de carácter más pragmático, optó por vender a peso cuanto papel encontró, y durante días desfilaron incontables cajas por nuestra escalera. En el azar de mi historia, una caja entreabierta mostraba un atlas manoseado.
Cuando lo abrí, sentado en mi habitación, unas cuartillas manuscritas cayeron al suelo. Era la carta en la que Mendoza justificaba su trabajo, el móvil que en vano buscaron los mossos d´esquadra tras su muerte. Aquellos papeles habían dormido diez años entre el Ganges y el Himalaya. Comprendí, entre lágrimas, que yo era el destinatario de sus palabras, que Mendoza me las hacía llegar de la forma más directa: a través de aquel Atlas, y que sólo mi actitud, traicionando su recuerdo, faltando a su sepelio, me impidió recoger su mensaje. Así fue como, diez años después, le lloré.
Transcribo a continuación el documento encontrado en el Atlas. El documento que, de alguna manera, justifica a Mendoza:
(falta alguna hoja al principio, perdida en el traslado del atlas, o en las circunstancias en que se envió el mensaje)
…así como en el poema del Kalevala. Elias Lönnrot describió a Väinämöinen y Joukahainen departiendo un duelo de canciones. Esta forma de resolver disputas, -tan común, por otro lado, entre los esquimales- es justificada por Uku Masing, al afirmar que para los lapones tenía sentido oponerse a la naturaleza, a enfermedades o demonios, pero no contra los propios seres humanos. Los idiomas samis no tenían una palabra para el término “guerra”.
Qué sostuvo entonces el brazo de Väinämöinen? Qué detuvo el ímpetu de Joukahainen? El temor acaso? En absoluto.
Los sociólogos mantienen que las duras condiciones de la vida ártica exigen colaboración absoluta entre individuos, de forma que la violencia es socialmente inaceptable y el lenguaje refleja ese tabú, anulando la palabra “guerra”.
Es una explicación aceptable para aquellos que infravaloran la influencia de la palabra, resistente a variaciones tan caprichosas. La realidad es que los idiomas preexisten a las circunstancias y, como marcan las leyes naturales, sólo los más aptos sobreviven. De todos los grupos humanos que llegaron a aquellas heladas tierras, sólo uno estaba preparado para sobrevivir. Sólo uno desconocía la palabra “guerra”.
No obstante, el medio es cambiante, los peligros imprevisibles. En otro tiempo, en otro lugar, el desconocimiento de esa mera palabra supondría la muerte de una cultura.
Al leer estas líneas, el lingüista argüirá que la palabra tan sólo señala una realidad preexistente, dirá que el árbol crecía antes de que el primer hombre lo llamara árbol.
Yo replicaré que el árbol pertenece al mundo físico, pero que la cultura no preexiste a la palabra sino en la mente del genio y del loco. Son ellos quienes abren camino, quienes inventan palabras –ideas, diría Platón- que salvan o condenan culturas.
Otra muestra valiosa nos la brinda el Al-Yahiz:
“Lo que demuestra que los rumíes son el pueblo más ávaro que existe es que la generosidad no tiene en su idioma una palabra que la designe.”
¿No existe la palabra “generosidad” porque es innecesaria –es un pueblo que no la practica- o el pueblo rumí es ávaro porque le está vedado el concepto de generosidad –desconoce la palabra?
El lingüista optará, una vez más, por la primera de las opcione; yo no ocultaré mi predilección por la segunda. Las palabras, -y por ende, los idiomas,- determinan a la sociedad en mucha mayor medida que ésta a aquellas. No es acaso la palabra –el idioma- el vehículo del pensamiento? Si al pensar nos hablamos, lo hacemos con nuestras palabras, no con las ajenas ni con las que nos están por desvelar.
Estas hipótesis abren un mundo alucinante. Pensemos por un momento en un idioma sin pronombres posesivos: sin mi casa, sin tu mujer. La inexistencia de “mi”, invalida la propiedad privada; la inexistencia de “nuestro”, el comunismo. Resulta fascinante adivinar las relaciones que mantendrían sus parlantes entre sí y con su mundo.
Otra posibilidad entre infinitas: un idioma cuyo epicentro no fuese el verbo. Borges aventuró una modalidad del mismo, -la hablada por los habitantes del hemisferio austral de Tlon- cuya célula primordial no era el verbo, sino el adjetivo. En aquel idioma, la ciencia –la vinculación de hechos y objetos- es inconcebible.
Estas reflexiones fueron el punto de partida de mis esfuerzos. Busqué durante años en bibliotecas y catálogos. Maduré mis convicciones; olvidé alguna, reforcé otra. Bosquejé alguna línea, algún matiz interesante de un idioma futuro y nuevo, con palabras –con ideas- nuevas, escogidas, mesuradas y calibradas para la nueva vida. Un idioma concebido en un laboratorio.
Observé, por ejemplo, cómo las palabras esdrújulas parecen favorecer el pensamiento abstracto, pero entorpecer el lógico, al que contribuyen las llanas. La terminología científica se deberá ajustar a estos criterios.
No obstante, el carácter revolucionario no lo imprimirá la riqueza terminológica ni la estética, sino la ética. La nueva etimología trascenderá la lógica y la lengua histórica, y establecerá valoraciones morales. Por ejemplo, las palabras “crimen” y “castigo” contendrán una raíz común en su morfología.
La valoración moral se extenderá a la fonética: las consonantes oclusivas, fricativas y africadas se reservarán para palabras que designen acciones reprobables. Algunas palabras, -algunas ideas- no existirán; otras no significarán lo mismo.
Una academia de elegidos limpiará, fijará, dará esplendor. Con el tiempo constituirá la única autoridad del Estado; ejército, tribunales y policía serán innecesarios en un mundo de hablantes concienciados, responsables de su convivencia.
No habrá más leyes que las gramáticales, ortograficas, sintácticas… cuyas infracciones se castigarán con dureza. Cumpliéndolas, el código penal será prescindible. No será un mundo utópico; la utopía también habrá sido borrada del diccionario.
Tras leer mis razones, se equivocará quien me tache de simplista o iluso, pues no han sido esos mis pecados. Sí se me puede acusar sin rubor de megalómano y misántropo, pues jamás me propuse arrancar las páginas impares del diccionario, sino lanzarlos a las llamas y figurar en libros de historia escritos con nuevas palabras. Como el emperador Shih Huang Ti, sé que destruir los libros es destruir el pasado.
Mis apuntes no están cerrados. Serán punto de partida para quienes me quieran seguir. En vano he agotado la paciencia de algún experto y amigo que quizá no ha entendido bien mi proyecto. Sé que la apariencia extravagante de mis palabras se disipará con pruebas contundentes; sé que los titubeos morales requieren de espíritus fuertes que los sepan apartar en pro del bien común. Sé que la historia me absolverá.
Así finalizaban las palabras del renacido Mendoza, aludiendo a la incomprensión de un experto y amigo hacia su proyecto. Sobran motivos para pensar que hablaba de Sáez, amigo, escritor y asesino –en ese orden-, autor de un par de manuales de ética, el tratado “El hombre del renacimiento”, un biografía sobre Giovanni Pico della Mirandola, el popular “Breve historia de las lenguas románicas” y el controvertido “Protestantismo, catolicismo y su concepción del ser humano”. Este último título, prohibido por la censura y editado desde la clandestinidad, le llevó a la prisión franquista. De su encierro regresó hosco, huraño, e incapaz de volver a escribir.
Mis vivencias con Mendoza, lo que he leído de Sáez, la carta en el Atlas, me han acercado a la verdad. Sólo hoy intuyo lo que ocurrió en su despacho hace diez años. Sólo hoy seré capaz de explicarlo:
Mendoza confió su proyecto a Sáez, su viejo amigo. Éste no lo comprendió; más aún, le rogó que desistiera. La discusión recorrió argumentos científicos; agotados éstos, recorrió argumentos morales. Sáez habló de determinismo, de libre albedrío; Mendoza de guerra, muerte e infelicidad. Ambos desistieron de convencer al otro.
En algún momento de esta discusión, -que pudo durar horas o semanas-, Mendoza temió por su trabajo y quizá por su vida. Por una amenaza, por una mirada, tal vez intuyó un fin trágico. Guardó la carta que había escrito para otro colega dentro del atlas que yo tanto había frecuentado, esperando que la encontrara. No tuvo mucho tiempo, pues hubiera intentado algo más: salvar su obra, salvar su vida.
La discusión se reanudó. Aquí imagino un empujón fatídico, sangre en el suelo; imagino a Sáez asustado, pero con la lucidez y el tiempo para destruir los cuadernos de Mendoza. Imagino dos muertes distintas y terribles: la del ataúd y la de la culpa.
Así el misterio queda desvelado. Teníamos un asesino y una víctima. Ahora las cuartillas nos muestran un motivo, y el resto de circunstancias son ya banales. El trabajo de Mendoza no está perdido; las manos adecuadas pueden, desde esta nota, seguir sus pasos, redescubrirlo.
Hoy, un mes después del hallazgo de la carta, he decidido quemarla. Consumaré así mi traición a Mendoza, vindicaré el crimen de Sáez. Seré, como Sáez, asesino.
Hoy sé que sólo he escrito estas líneas para pensarlas, con mi propia voz, mi idioma y mis palabras, que tal vez me hacen malvado e infame, tal vez me hacen libre.
Castellón, 13 de julio de 2008
| Este cuento pertenece a la colección "El curso del Agua Caliente" |







