Resulta curioso como aquellos temas que apasionan y movilizan a una generación son ignorados impunemente por las siguientes, que pasan a considerarlos parte del pasado. Quizá no se dan cuenta de que algún día ellas también serán parte de ese hambriento pretérito, siempre en crecimiento, siempre engullendo más y más personas e historias. Y la gente, en sus prisas por atender sus asuntos de ahora no se da cuenta de la injusticia que padecen quienes no son recordados, ni del sufrimiento que a nosotros, los longevos, nos supone.
Yo pienso que hay cosas que merecen ser recordadas más allá del velo de olvido que tienden el tiempo y la vergüenza por recordar, por eso estoy dispuesto a contar a todo aquél que me quiera oír la historia de la Guerra de los Santos, revolución bélica que puso en pie a todo un pueblo y asombró al mundo con sus increíbles acontecimientos. A un mundo que, como el pueblo, también olvidó.
Los Corma y los Teulas eran dos familias enemistadas desde siempre por motivos ancestrales, y todos sabíamos ya entonces que cuando aludían a motivos ancestrales, en realidad, ninguno sabía por qué estaban reñidos. Quizá fueran motivos muy importantes para algún antepasado en algún momento, pero los muertos también lo habían olvidado. Esa enemistad se había heredado de hijos a nietos, con años de miradas despectivas y años de explosiones violentas de la rabia contenida. Fue en uno de esos años de miradas despectivas cuando el padre Nicanor pensó que le convenía hacer una buena obra. No es que temiera por el destino de su alma inmortal; al fin y al cabo era sacerdote, y si no se salvaba él… ¿quién iba a salvarse en aquel pueblo? No, no era miedo a las llamas eternas, pero sí un atisbo de duda que siempre queda en las conciencias más limpias y puras, hasta en las de los santos. En el pueblo había un pobre que los domingos se postraba en la puerta de la iglesia y gemía de dolor. Cuando acababa de salir la gente, recogía la recolecta y se iba al bar, donde se gastaba hasta la última peseta en la borrachera. En un pueblo pequeño esto se sabía, pero no por ello faltaba quien de vez en cuando le diera dinero con que pagar unos vasos de vino. “No, -se dijo el padre Nicanor,- si gasto mi buena acción con éste seré el hazmerreír del pueblo.” Pues no quería gastar todo su dinero en las borracheras del pobre. “También hay otras familias pobres en el pueblo, pero no están tan necesitadas” –continuaba el padre, pues realmente no quería gastar su dinero. En estas divagaciones se encontraba sobre cuál podría ser la obra que garantizara el paso de su alma al paraíso cuando recibió una señal divina. Vio cruzarse las mencionadas miradas de odio entre un Corma y un Teula. Lo que no alcanzó a imaginar fue que, muy al contrario de lo que pensaba, era el mismísimo Satán quién le enviaba aquella idea, en su eterna lucha por destronar al Todopoderoso del Reino de los Cielos.
Como toda buena familia que odia a muerte a otra, ambas tenían sus beatas acudiendo todos los días a la iglesia entre rosarios y misas de difuntos. Hábilmente el padre Nicanor comenzó su acercamiento en su propio terreno. En largas confesiones exhortó a las feligresas al amor al prójimo y a olvidar las diferencias que tuvieron sus antepasados por un quítame de allá esas pajas. Las mujeres influenciaron en sus maridos, éstos en sus padres y familiares de mayor edad, y en unos meses todos estaban dispuestos a olvidar.
Justo cuando el tiempo había convertido la vieja enemistad en franca amistad aconteció lo de la vaca y el Filomeno. Las dos familias, bajo las bendiciones de mosén Nicanor salía muchos domingos al campo para asar carne. Filomeno era, ya a sus veinte años, un muchacho audaz y aventurero, con docenas de muchachas que suspiraban por él, y con otras muchas que habían suspirado bajo él. Bien parecido, orgulloso y chulo, mucha gente esperaba que cualquier día pidiese la mano de Juanita Teula. La misma muchacha, a pesar de sus intentos por ocultarlo, lo deseaba en lo más hondo de su corazón. Fue por eso que la noticia pilló a todos desprevenidos. Filomeno Corma se había enamorado de la vaca de los Teula. Era ésta la vaca más preciosa de la comarca, comprada a un feriante por un Potosí y de una leche tan fuerte que hacía que todo el que la probara defecara color blanco. Nadie sabe a ciencia cierta cómo comenzó la historia de amor, pero si como acabó: los lloros de Juanita cuando entró a escondidas en los establos siguiendo a Filomeno, en un intento de quedarse a solas con él. La estampida de la vaca monte abajo, asustada por los gritos de la muchacha. Los gritos de Filomeno, enganchado al vacuno animal en su descenso precipitado de la ladera. La vergüenza de las familias, los reproches y el renovado y fortalecido odio. Por que fue la vergüenza la que les hizo rebuscar nuevos motivos de odio y resentimiento.
Así, el padre Nicanor les había devuelto lo que perdieron en la cadena sucesoria: un motivo para odiarse.
Yo pienso que hay cosas que merecen ser recordadas más allá del velo de olvido que tienden el tiempo y la vergüenza por recordar, por eso estoy dispuesto a contar a todo aquél que me quiera oír la historia de la Guerra de los Santos, revolución bélica que puso en pie a todo un pueblo y asombró al mundo con sus increíbles acontecimientos. A un mundo que, como el pueblo, también olvidó.
Los Corma y los Teulas eran dos familias enemistadas desde siempre por motivos ancestrales, y todos sabíamos ya entonces que cuando aludían a motivos ancestrales, en realidad, ninguno sabía por qué estaban reñidos. Quizá fueran motivos muy importantes para algún antepasado en algún momento, pero los muertos también lo habían olvidado. Esa enemistad se había heredado de hijos a nietos, con años de miradas despectivas y años de explosiones violentas de la rabia contenida. Fue en uno de esos años de miradas despectivas cuando el padre Nicanor pensó que le convenía hacer una buena obra. No es que temiera por el destino de su alma inmortal; al fin y al cabo era sacerdote, y si no se salvaba él… ¿quién iba a salvarse en aquel pueblo? No, no era miedo a las llamas eternas, pero sí un atisbo de duda que siempre queda en las conciencias más limpias y puras, hasta en las de los santos. En el pueblo había un pobre que los domingos se postraba en la puerta de la iglesia y gemía de dolor. Cuando acababa de salir la gente, recogía la recolecta y se iba al bar, donde se gastaba hasta la última peseta en la borrachera. En un pueblo pequeño esto se sabía, pero no por ello faltaba quien de vez en cuando le diera dinero con que pagar unos vasos de vino. “No, -se dijo el padre Nicanor,- si gasto mi buena acción con éste seré el hazmerreír del pueblo.” Pues no quería gastar todo su dinero en las borracheras del pobre. “También hay otras familias pobres en el pueblo, pero no están tan necesitadas” –continuaba el padre, pues realmente no quería gastar su dinero. En estas divagaciones se encontraba sobre cuál podría ser la obra que garantizara el paso de su alma al paraíso cuando recibió una señal divina. Vio cruzarse las mencionadas miradas de odio entre un Corma y un Teula. Lo que no alcanzó a imaginar fue que, muy al contrario de lo que pensaba, era el mismísimo Satán quién le enviaba aquella idea, en su eterna lucha por destronar al Todopoderoso del Reino de los Cielos.
Como toda buena familia que odia a muerte a otra, ambas tenían sus beatas acudiendo todos los días a la iglesia entre rosarios y misas de difuntos. Hábilmente el padre Nicanor comenzó su acercamiento en su propio terreno. En largas confesiones exhortó a las feligresas al amor al prójimo y a olvidar las diferencias que tuvieron sus antepasados por un quítame de allá esas pajas. Las mujeres influenciaron en sus maridos, éstos en sus padres y familiares de mayor edad, y en unos meses todos estaban dispuestos a olvidar.
Justo cuando el tiempo había convertido la vieja enemistad en franca amistad aconteció lo de la vaca y el Filomeno. Las dos familias, bajo las bendiciones de mosén Nicanor salía muchos domingos al campo para asar carne. Filomeno era, ya a sus veinte años, un muchacho audaz y aventurero, con docenas de muchachas que suspiraban por él, y con otras muchas que habían suspirado bajo él. Bien parecido, orgulloso y chulo, mucha gente esperaba que cualquier día pidiese la mano de Juanita Teula. La misma muchacha, a pesar de sus intentos por ocultarlo, lo deseaba en lo más hondo de su corazón. Fue por eso que la noticia pilló a todos desprevenidos. Filomeno Corma se había enamorado de la vaca de los Teula. Era ésta la vaca más preciosa de la comarca, comprada a un feriante por un Potosí y de una leche tan fuerte que hacía que todo el que la probara defecara color blanco. Nadie sabe a ciencia cierta cómo comenzó la historia de amor, pero si como acabó: los lloros de Juanita cuando entró a escondidas en los establos siguiendo a Filomeno, en un intento de quedarse a solas con él. La estampida de la vaca monte abajo, asustada por los gritos de la muchacha. Los gritos de Filomeno, enganchado al vacuno animal en su descenso precipitado de la ladera. La vergüenza de las familias, los reproches y el renovado y fortalecido odio. Por que fue la vergüenza la que les hizo rebuscar nuevos motivos de odio y resentimiento.
Así, el padre Nicanor les había devuelto lo que perdieron en la cadena sucesoria: un motivo para odiarse.
Por otra parte, mosén Nicanor languidecía en la sacristía, no sabiendo si con aquel desastre había puesto en peligro su alma eterna.
Si todo hubiese quedado en esto, hubiera llamado a esta historia “la Guerra de la Vaca”. Sólo que esta historia no hubiera existido, por que no hubiera merecido la pena ser contada. Pero los acontecimientos fueron mucho más allá.
Se encontraba un día Frígida Corma rezando en la iglesia, justo antes de misa mayor, con el sentimiento y fervor habituales. Frígida rezaba enumerando a Dios todas las desgracias que le había tocado padecer en vida con el fin de convencerlo de que merecía una mucho mejor. Cuando pensaba que ya lo tenía convencido, incluso con un cierto sentimiento de culpabilidad por su injusticia para con su sierva, atacaba con todas sus justas peticiones: desde una buena cosecha de coles hasta su dolor de rabadilla. En estas estaba cuando vio por el rabillo del ojo a Dolores Teula. Frígida había sido una católica de toda la vida, y si Dolores Teula estaba en la iglesia era por que habían comenzado a ir juntas. Se sintió molesta al ver que, tras su disputa, Dolores había continuado yendo a misa. De algún modo, pensaba que Dolores no tenía derecho a estar allí, y la supo una usurpadora, una ignorante de la fe cristiana que iba allí a pasear su palmito. Así, enfrascada y todo como estaba en sus rezos no pudo evitar pedir al Señor “unas fiebres para enderezar a aquella pobre pagana, solo por su bien”. Como quiera que fuese, en medio como estaba de su trance místico, aquellas palabras pronunciadas en voz más alta de la debida, llegaron a Dolores, que a su vez se arrodillo y comenzó a pedir al Altísimo una diarrea monumental que doblegase el pecador orgullo de Frígida.
Las beatas de los primeros bancos seguían con emoción la retahíla de maldiciones pronunciadas por las dos mujeres, y pasaban la voz a las filas posteriores, de forma que toda la iglesia estaba en vilo por el duelo.
La semana siguiente todo el pueblo estuvo pendiente de los achaques de las dos matriarcas, pero si Dolores tenía fiebres o Frígida diarrea, lo ocultaban tan bien que nadie lo pudo confirmar.
Fue a los pocos meses de maldiciones cuando mosén Nicanor, tras varios avisos, se vio obligado a tomar medidas, y como Frígida, al fin y al cabo, era una clienta de toda la vida y generosa en limosnas, decidió expulsar del templo a Dolores. Ésta, herida en su orgullo comenzó a acudir todos los días a la ermita de san Eufrasio, donde era la única feligresa, para gran algarabía del ermitaño que, a fuerza de años de decir misa tan sólo para Dios, estaba considerando colgar el habito.
Fue entonces cuando lo de la intervención de los santos. Había tenido razón toda la gente que dijo que Dios tenía asuntos más importantes que resolver, como su eterna lucha con Lucifer o sus largas charlas con el Papa acerca de lo pernicioso de la homosexualidad. No se supo si Dolores siguió este razonamiento o fue el azar quien la llevo a rogar a san Eufrasio, pero comenzó a hacerlo. Durante horas oró y oró por la diarrea de Frígida, y un buen día ésta tuvo tal ataque de diarrea que según malas lenguas mato los ruiseñores de una jaula que colgaba en su habitación de pura asfixia. El mismo padre Nicanor tuvo que ir a practicarle un exorcismo a la acongojada mujer. Plantado frente a ella, con una mano blandía el crucifijo mientras que con la otra levantaba su sotana para que no se mojase en el río de mierda que corría por el suelo.
Pero, peor que la enfermedad fue sin duda para Frígida la derrota moral. Decidió renegar del Dios que había abandonado a su oveja. Dejo de creer en el, y dedico todas sus oraciones a San Ramón. Y fue sin duda alguna gracias a la intervención de san Ramón que Dolores pasó por las fiebres palúdicas, desaparecidas de la comarca desde el siglo pasado.
Desde entonces, los años se sucedieron entre periodos intercalados de fervorosas oraciones y dolorosas lavativas. Poco a poco las dos beatas fueron congregando a sus familias en torno a ellas, ya que comenzaron a observar que cuanta más gente rezaba mas agudos eran los síntomas de la contrincante. Pero por muy dolorosas y convulsivas que fueran las enfermedades, no daban la muerte. Los santos parecían haber llegado a ese pacto de honor.
Los familiares que acudían a orar eran cada vez más lejanos, en un intento desesperado de agrandar su número y su influencia sobre los agasajados santos. Los mismos sacerdotes acabaron haciendo de aquel asunto una cuestión de prestigio para sus respectivas iglesias y comenzaron a exhortar al resto de fieles a que acudiesen a las sesiones rogativas. Las familias atrajeron a sus amistades, y las sesiones se convirtieron en todo un pasatiempo de los domingos por la tarde en lugar de las salidas campestres. Todos esperaban con emoción el lunes para ver cual de las dos matriarcas cogía un castañazo, diarrea, convulsiones, o quedaba preñada sin obra de varón. Los ganadores lo celebraban con gran alegría, y los perdedores prometían vengarse, pero al margen de la parte indudablemente divertida de todo aquel asunto, el pueblo se estaba separando en dos bandos rivales a muerte.
El padre Nicanor comenzó a tener celos del ermitaño Antonio, y en una charla con un grupo de feligreses lanzo al vacío la idea de que aquella semana San Ramón se ensañara contra el mismo mosén Antonio. San Eufrasio, ocupado como estaba en atacar a Frígida sin perder de vista a Dolores, no se percato de la ofensiva de San Ramón hasta que el ermitaño se doblaba de dolor entre dos eucaliptos, dándoles mas abono del que necesitarían en toda su vida. Fue de este modo como cambiaron las reglas del juego. Todo el mundo podía ser victima del ataque sagrado. Todos. Así fueron disputándose dicho honor desde el mismísimo mosén Nicanor -justo a la semana siguiente de mosén Antonio- hasta el promiscuo Filomeno, la desengañada Juanita o la vaca de la discordia, que era verdadera culpable de aquel escabroso asunto. Se organizaban elecciones para decidir a quien se le iba a enviar el ataque diarreico, ya que esta era la enfermedad que se había puesto de moda por ser a un tiempo dolorosa y jocosa. La instauración del sufragio universal, incluyendo a menores de 18 años, disparo las asistencias a las sesiones de rezo. Las iglesias jamás habían estado tan a rebosar. La gente aprovechaba la situación para resolver viejas disputas y vengarse. Fueron unos años felices para nuestra pequeña población, que vivía en un clima de emoción y algarabía, y también, por que no decirlo, una pizca de riesgo del que no se libraba nadie. Sin embargo, todo se acabo cuando la malicia de Frígida Corma la llevo a intentar monopolizar el juego. En una de las votaciones, Frígida subió al pulpito como transfigurada, y propuso atacar al mismísimo San Ramón. No le costo poco trabajo despejar las primeras dudas y remordimientos, pero tras ganar la votación y orar con mas fuerza que nunca, -ya que en esta ocasión se trataba de un santo contra otro-, una espía infiltrada en el bando enemigo y que en vez de rezar blasfemaba para reducir el efecto, les explicó como San Ramón había sido encontrado con un ojo amoratado. La reacción de los ramoninos no se hizo esperar, y San Eufrasio fue encontrado por la mañana con un parche como de pirata en el ojo derecho. En una espiral de aumento de la violencia, los dos santos fueron mutilándose día a día, y lentamente, hasta acabar en un estado lamentable.
Uno de aquellos días los ramoninos estaban rogando a su patrón que infligiese una nueva desgracia a San Eufrasio. Lo hacían a grito pelado por que la semana anterior este santo le había arrancado las orejas a san Ramón, y estaba bastante sordo. En el momento de máxima exaltación un rayo atravesó el rosetón prendiendo la madera de la imagen con tanta rapidez que nadie alcanzo a apagarlo. La estatua moría poco después. Pero lo mas curioso es que a san Eufrasio le paso exactamente lo mismo y en el mismo instante.
Esto produjo acalorados debates en el pueblo acerca de la existencia de Dios. Mientras que muchos ateos que estaban rezando en uno u otro bando se convirtieron, pensando en la procedencia divina de los rayos justicieros, otros -incluida doña Frígida- achacaron el fenómeno a que en aquella ocasión los santos habían empatado, quemándose mutuamente. Ella, decía, no creía en Dios ni en nada que no vieran sus ojos. Si hubiera hecho milagros como los santos, creería en el. Pero no ha hecho nada, ni una miserable cagalera.
Ahora ya he contado lo que pasó y puedo por fin alcanzar mi merecido descanso en paz, pues aquello que ha sido olvidado no lo será más, por que sé que vosotros que me escucháis sí lo vais a recordar siempre. Lo sé, por que lo he pedido a un santo.
Moncofa, invierno de 2002
Si todo hubiese quedado en esto, hubiera llamado a esta historia “la Guerra de la Vaca”. Sólo que esta historia no hubiera existido, por que no hubiera merecido la pena ser contada. Pero los acontecimientos fueron mucho más allá.
Se encontraba un día Frígida Corma rezando en la iglesia, justo antes de misa mayor, con el sentimiento y fervor habituales. Frígida rezaba enumerando a Dios todas las desgracias que le había tocado padecer en vida con el fin de convencerlo de que merecía una mucho mejor. Cuando pensaba que ya lo tenía convencido, incluso con un cierto sentimiento de culpabilidad por su injusticia para con su sierva, atacaba con todas sus justas peticiones: desde una buena cosecha de coles hasta su dolor de rabadilla. En estas estaba cuando vio por el rabillo del ojo a Dolores Teula. Frígida había sido una católica de toda la vida, y si Dolores Teula estaba en la iglesia era por que habían comenzado a ir juntas. Se sintió molesta al ver que, tras su disputa, Dolores había continuado yendo a misa. De algún modo, pensaba que Dolores no tenía derecho a estar allí, y la supo una usurpadora, una ignorante de la fe cristiana que iba allí a pasear su palmito. Así, enfrascada y todo como estaba en sus rezos no pudo evitar pedir al Señor “unas fiebres para enderezar a aquella pobre pagana, solo por su bien”. Como quiera que fuese, en medio como estaba de su trance místico, aquellas palabras pronunciadas en voz más alta de la debida, llegaron a Dolores, que a su vez se arrodillo y comenzó a pedir al Altísimo una diarrea monumental que doblegase el pecador orgullo de Frígida.
Las beatas de los primeros bancos seguían con emoción la retahíla de maldiciones pronunciadas por las dos mujeres, y pasaban la voz a las filas posteriores, de forma que toda la iglesia estaba en vilo por el duelo.
La semana siguiente todo el pueblo estuvo pendiente de los achaques de las dos matriarcas, pero si Dolores tenía fiebres o Frígida diarrea, lo ocultaban tan bien que nadie lo pudo confirmar.
Fue a los pocos meses de maldiciones cuando mosén Nicanor, tras varios avisos, se vio obligado a tomar medidas, y como Frígida, al fin y al cabo, era una clienta de toda la vida y generosa en limosnas, decidió expulsar del templo a Dolores. Ésta, herida en su orgullo comenzó a acudir todos los días a la ermita de san Eufrasio, donde era la única feligresa, para gran algarabía del ermitaño que, a fuerza de años de decir misa tan sólo para Dios, estaba considerando colgar el habito.
Fue entonces cuando lo de la intervención de los santos. Había tenido razón toda la gente que dijo que Dios tenía asuntos más importantes que resolver, como su eterna lucha con Lucifer o sus largas charlas con el Papa acerca de lo pernicioso de la homosexualidad. No se supo si Dolores siguió este razonamiento o fue el azar quien la llevo a rogar a san Eufrasio, pero comenzó a hacerlo. Durante horas oró y oró por la diarrea de Frígida, y un buen día ésta tuvo tal ataque de diarrea que según malas lenguas mato los ruiseñores de una jaula que colgaba en su habitación de pura asfixia. El mismo padre Nicanor tuvo que ir a practicarle un exorcismo a la acongojada mujer. Plantado frente a ella, con una mano blandía el crucifijo mientras que con la otra levantaba su sotana para que no se mojase en el río de mierda que corría por el suelo.
Pero, peor que la enfermedad fue sin duda para Frígida la derrota moral. Decidió renegar del Dios que había abandonado a su oveja. Dejo de creer en el, y dedico todas sus oraciones a San Ramón. Y fue sin duda alguna gracias a la intervención de san Ramón que Dolores pasó por las fiebres palúdicas, desaparecidas de la comarca desde el siglo pasado.
Desde entonces, los años se sucedieron entre periodos intercalados de fervorosas oraciones y dolorosas lavativas. Poco a poco las dos beatas fueron congregando a sus familias en torno a ellas, ya que comenzaron a observar que cuanta más gente rezaba mas agudos eran los síntomas de la contrincante. Pero por muy dolorosas y convulsivas que fueran las enfermedades, no daban la muerte. Los santos parecían haber llegado a ese pacto de honor.
Los familiares que acudían a orar eran cada vez más lejanos, en un intento desesperado de agrandar su número y su influencia sobre los agasajados santos. Los mismos sacerdotes acabaron haciendo de aquel asunto una cuestión de prestigio para sus respectivas iglesias y comenzaron a exhortar al resto de fieles a que acudiesen a las sesiones rogativas. Las familias atrajeron a sus amistades, y las sesiones se convirtieron en todo un pasatiempo de los domingos por la tarde en lugar de las salidas campestres. Todos esperaban con emoción el lunes para ver cual de las dos matriarcas cogía un castañazo, diarrea, convulsiones, o quedaba preñada sin obra de varón. Los ganadores lo celebraban con gran alegría, y los perdedores prometían vengarse, pero al margen de la parte indudablemente divertida de todo aquel asunto, el pueblo se estaba separando en dos bandos rivales a muerte.
El padre Nicanor comenzó a tener celos del ermitaño Antonio, y en una charla con un grupo de feligreses lanzo al vacío la idea de que aquella semana San Ramón se ensañara contra el mismo mosén Antonio. San Eufrasio, ocupado como estaba en atacar a Frígida sin perder de vista a Dolores, no se percato de la ofensiva de San Ramón hasta que el ermitaño se doblaba de dolor entre dos eucaliptos, dándoles mas abono del que necesitarían en toda su vida. Fue de este modo como cambiaron las reglas del juego. Todo el mundo podía ser victima del ataque sagrado. Todos. Así fueron disputándose dicho honor desde el mismísimo mosén Nicanor -justo a la semana siguiente de mosén Antonio- hasta el promiscuo Filomeno, la desengañada Juanita o la vaca de la discordia, que era verdadera culpable de aquel escabroso asunto. Se organizaban elecciones para decidir a quien se le iba a enviar el ataque diarreico, ya que esta era la enfermedad que se había puesto de moda por ser a un tiempo dolorosa y jocosa. La instauración del sufragio universal, incluyendo a menores de 18 años, disparo las asistencias a las sesiones de rezo. Las iglesias jamás habían estado tan a rebosar. La gente aprovechaba la situación para resolver viejas disputas y vengarse. Fueron unos años felices para nuestra pequeña población, que vivía en un clima de emoción y algarabía, y también, por que no decirlo, una pizca de riesgo del que no se libraba nadie. Sin embargo, todo se acabo cuando la malicia de Frígida Corma la llevo a intentar monopolizar el juego. En una de las votaciones, Frígida subió al pulpito como transfigurada, y propuso atacar al mismísimo San Ramón. No le costo poco trabajo despejar las primeras dudas y remordimientos, pero tras ganar la votación y orar con mas fuerza que nunca, -ya que en esta ocasión se trataba de un santo contra otro-, una espía infiltrada en el bando enemigo y que en vez de rezar blasfemaba para reducir el efecto, les explicó como San Ramón había sido encontrado con un ojo amoratado. La reacción de los ramoninos no se hizo esperar, y San Eufrasio fue encontrado por la mañana con un parche como de pirata en el ojo derecho. En una espiral de aumento de la violencia, los dos santos fueron mutilándose día a día, y lentamente, hasta acabar en un estado lamentable.
Uno de aquellos días los ramoninos estaban rogando a su patrón que infligiese una nueva desgracia a San Eufrasio. Lo hacían a grito pelado por que la semana anterior este santo le había arrancado las orejas a san Ramón, y estaba bastante sordo. En el momento de máxima exaltación un rayo atravesó el rosetón prendiendo la madera de la imagen con tanta rapidez que nadie alcanzo a apagarlo. La estatua moría poco después. Pero lo mas curioso es que a san Eufrasio le paso exactamente lo mismo y en el mismo instante.
Esto produjo acalorados debates en el pueblo acerca de la existencia de Dios. Mientras que muchos ateos que estaban rezando en uno u otro bando se convirtieron, pensando en la procedencia divina de los rayos justicieros, otros -incluida doña Frígida- achacaron el fenómeno a que en aquella ocasión los santos habían empatado, quemándose mutuamente. Ella, decía, no creía en Dios ni en nada que no vieran sus ojos. Si hubiera hecho milagros como los santos, creería en el. Pero no ha hecho nada, ni una miserable cagalera.
Ahora ya he contado lo que pasó y puedo por fin alcanzar mi merecido descanso en paz, pues aquello que ha sido olvidado no lo será más, por que sé que vosotros que me escucháis sí lo vais a recordar siempre. Lo sé, por que lo he pedido a un santo.
Moncofa, invierno de 2002
| Este cuento pertenece a la colección "El curso del Agua Caliente" |
Comentarios (1)
Qué buen ratito
1
Miércoles, 29 de Abril de 2009 18:33
Rosa
¡¡Qué buen ratito he pasado con tu “Guerra de los santos”!! Me he partido de risa. Es genial. Real como la vida misma. He rememorado un montón de historias conocidas. No he podido parar de leer ni para estañear. ¡¡Que bien contada!!. Ni una descripción de más, ni una de menos. Una historia profunda, universal. Muchos temas en tan poco papel. Para reflexionar.







