Quiso comenzar a escribir repentinamente, sin otro motivo que el deseo largamente guardado que estalla en la mente. Sin embargo, cuando cogió la pluma se percató de que no tenía palabras. Extrañado, comenzó a explorar su memoria en busca de cualquier rastro de ellas, por muy infantil que fuera. Nada.
Aquel vacío era inexplicable, y le pareció evidente que tendría que reponerlas todas. Y así comenzó a leer como cuando era un chiquillo que devoraba libros a docenas. Su cabeza fue un fluir de vocablos de todo sentido e intención, de colores y objetos, de formas y sentimientos, barajados en todos ellos con sus infinitas combinaciones.
Aquel vacío era inexplicable, y le pareció evidente que tendría que reponerlas todas. Y así comenzó a leer como cuando era un chiquillo que devoraba libros a docenas. Su cabeza fue un fluir de vocablos de todo sentido e intención, de colores y objetos, de formas y sentimientos, barajados en todos ellos con sus infinitas combinaciones.
Días más tarde volvió a sentarse ante sus hojas vírgenes, dispuestas, y comenzó a escribir una de las obras más grandes que un ser humano podría concebir. Pasó horas de desvelo con la asombrosa historia de una familia cuya estirpe estaba condenada, y cuya condena estaba escrita. El patriarca era un genio como la humanidad no osaría imaginar, y como tal pagó el precio de su lucidez. La matriarca fue piedra angular de la casa y por tanto de sus vidas; su muerte inició la decadencia. Así, en horas de arrebatada inspiración, entre alfombras voladoras, guerras desesperadas, odios y amores mortales, y niños con cola de cerdo, forjó la esencia del carácter humano, y lo hizo tan magistralmente que pensó que todas las personas eran sus personajes, pues había creado todos los actores posibles, reflejados de la misma esencia de la condición humana.
Tras el punto final durmió durante muchos días, soñando siempre con la última genial página del libro, contenedora de su secreto y ejecutora de encriptadas profecías. Deleitándose en su apocalipsis, no fue hasta el despertar cuando comprendió que había vuelto a escribir aquel libro que le había devuelto el lenguaje.
Lloró de rabia destruyó con sus propias manos su obra, que no era suya. Pero un pensamiento se abrió paso entre su desesperación: si aquella genial novela le había devuelto la voz para reescribirla, la lectura de muchas obras maestras le permitiría crear obras nuevas, hijas mestizas de las leídas, y tan geniales y originales como aquellas. Así se volvió a encerrar meses enteros, olvidando los límites del día y la noche, presa de su pasión.
Tras aquel febril proceso volvió a coger la pluma. Vio en su delirio un mundo fantástico, completamente ajeno al suyo; original y nacido de él a un tiempo. En aquel universo también se batallaba una guerra desesperada, pero era eterna. Claro que... en cierto modo también lo había sido la otra. Muchas razas se aniquilaban por una joya maldita; unas ansiaban destruirla, otras su posesión. Jamas nadie había representado tan épicamente la lucha entre luz y oscuridad. Cuando, en una de las escenas finales, un ser desgraciado y muerto en vida encontraba su redención en el cráter de un volcán, sus manos volvieron a temblar, pues había repetido su error. Aquel era otro de los Libros Escritos.
Pensó que tras aquel fracaso jamás podría crear, pero decidió una última prueba: una novela tan despiadada que fuera imposible hubiera sido ideada jamás por ningún hombre, asegurando de ese modo su originalidad. Descendió pues a la realidad más dura, violenta y blasfema que nadie podía nunca haber imaginado: creó otra guerra. Pero era ésta una guerra maldita y degradante, -por eso era real,- y al igual que las dos anteriores, desesperada–¿qué guerra no lo es?
En un intento de hacer más macabra aquella realidad maldita, la deformó, poniendo su historia en la boca de un protagonista deformado y con una visión deforme de ella. Sin embargo, en ocasiones anhelaba ser aún más real, más retorcido, así que decidió concebir un segundo narrador. Era ésta una decisión a destiempo, pues el armazón ya estaba montado, y no era sencillo añadir otro personaje. Una idea vino a su mente: el otro protagonista no sería otra persona, sino una ilusión: un viejo tambor de hojalata en manos del muchacho. Con su brillante idea volvió a ver morir su ego, pues Oscar Matzerat ya fue Escrito tiempo atrás por otra mano.
Se juró que no volvería a escribir nunca más. Loco de rabia rompió su pluma y quemó sus páginas maldiciendo la naturaleza que olvidó darle sus palabras, condenándole a vivir con las ajenas. Pensó con tristeza en Borges, diciendo que todo lo escrito ya ha sido alguna vez pensado, pues todos los pensamientos posibles han sido ya ideados por los hombres en el inmenso tiempo pasado desde la concepción de la palabra. Tal vez, de ese modo, ningún libro –ni los de Borges- eran originales.
Consolándose con estas cavilaciones abandonó su encierro, y rompió a andar sin rumbo. Dejó su hogar atrás, más allá de la noche, y sintió una helada ventisca en su cuello descubierto. Aunque le molestaba no se abrochó; pensó que el viento y el frío eran parte del lugar al que se dirigía y los aceptó sin reservas. Y fueron éstos quienes, discretamente, le advirtieron que estaba llorando: susurraron muy suave y muy frío hasta helar las gotas de sus mejillas. El caminante murmuró algo ininteligible, pestañeó purgándose y elevó la vista al cielo. Vio en él sus fulgores, constelaciones que le fueron tan familiares en su niñez y cuyos nombres ya había olvidado. Y se maravilló: “Dios mío, cuánto hace que no miraba al cielo”. Y conocía la respuesta: “Desde que me encerré entre libros y polillas, respirando polvo y páginas enmohecidas y esfuerzos baldíos”. Comprendió que las estrellas eran más brillantes que nunca por que ya nadie las desgastaba con su mirada. Otros antes que él las habían mirado, pero ya no debía hacerlo nadie, pues refulgían como la pasión. “Sí, es cierto, ya nadie mira las estrellas. Todos miramos al suelo, sólo al suelo. Y ellas siguen ahí, sólo esperan. En lo más alto, como un ideal; inalcanzables, como un libro. Son ideales, sentimientos, pasiones... páginas escritas.”. ¿Quién sería el último hombre que las había contemplado? Era una pregunta imposible de contestar, -tal vez él mismo de niño- pero sí supo quiénes las habían mirado alguna vez: los viejos escritores cuyas obras había devorado. Comprendió que, de alguna manera, aquellas mismas estrellas que le veían llorar, dieron las palabras a los grandes genios que desde niño admiraba, quizá en una noche como aquella, y quizá con las mismas lágrimas embrumando sus ojos. “Aquellas mismas estrellas que a mí me las niegan. Claro que, hacía siglos que las había olvidado, como olvidé al mundo en mi prisión. Dicen que son un estanque que refleja la tierra, lo puro que hay en ella, lo que nunca miramos. Quizá el secreto esté en levantar la cabeza, mirar a lo alto. Quizá sea hora de dejar mi torre y volver al mundo.”
De forma violenta, casi física, aborreció su anterior vida de encierro y descubrió el mundo, entregándose a él, hasta que su palidez se curtió y sus ojos se abrieron a la luz del día. Cada experiencia, cada sentir le fue congraciando poco a poco con el mundo, con las estrellas, cuyo favor había disfrutado de niño. Necesitó diez años para volver, y fue entonces cuando el mundo, cuando las estrellas, le devolvieron la voz: Otra noche, ante ellas, concibió una idea temerosa y audaz que le absorbió de inmediato. La meditó con cautela, sorprendiéndose de sus posibilidades, variantes, crecimiento. Sin dudarlo un instante rompió sus promesas en pedazos y volvió a escribir, prosiguiendo su caminar por el mundo dentro de las garabateadas, de las inmortales páginas que narraría. De ellas generaciones futuras sentenciaron que lloraban como Flaubert, cantaban como García Márquez, asombraban como Borges. Y, en cierto modo, él fue Flaubert, fue Márquez, fue Borges; sin usurpar sus palabras, compartiendo sus estrellas. Así, como había soñado, fue todos, pero también y al tiempo ninguno. En el mundo, en las estrellas, encontró por fin su palabra.
Aguacaliente de Cartago, 7 de Junio de 2002
Aguacaliente de Cartago, 14 de Junio de 2002
(Revisado, corregido, aumentado)
POST ESCRIPTUM: Siglos después de su muerte su libro volvió a ser escrito por una apasionada adolescente que, bajo otro cielo y nuevas estrellas, lloraba desconsolada, creyéndose la criatura más desdichada del mundo, creyéndose incapaz de crear.
Tras el punto final durmió durante muchos días, soñando siempre con la última genial página del libro, contenedora de su secreto y ejecutora de encriptadas profecías. Deleitándose en su apocalipsis, no fue hasta el despertar cuando comprendió que había vuelto a escribir aquel libro que le había devuelto el lenguaje.
Lloró de rabia destruyó con sus propias manos su obra, que no era suya. Pero un pensamiento se abrió paso entre su desesperación: si aquella genial novela le había devuelto la voz para reescribirla, la lectura de muchas obras maestras le permitiría crear obras nuevas, hijas mestizas de las leídas, y tan geniales y originales como aquellas. Así se volvió a encerrar meses enteros, olvidando los límites del día y la noche, presa de su pasión.
Tras aquel febril proceso volvió a coger la pluma. Vio en su delirio un mundo fantástico, completamente ajeno al suyo; original y nacido de él a un tiempo. En aquel universo también se batallaba una guerra desesperada, pero era eterna. Claro que... en cierto modo también lo había sido la otra. Muchas razas se aniquilaban por una joya maldita; unas ansiaban destruirla, otras su posesión. Jamas nadie había representado tan épicamente la lucha entre luz y oscuridad. Cuando, en una de las escenas finales, un ser desgraciado y muerto en vida encontraba su redención en el cráter de un volcán, sus manos volvieron a temblar, pues había repetido su error. Aquel era otro de los Libros Escritos.
Pensó que tras aquel fracaso jamás podría crear, pero decidió una última prueba: una novela tan despiadada que fuera imposible hubiera sido ideada jamás por ningún hombre, asegurando de ese modo su originalidad. Descendió pues a la realidad más dura, violenta y blasfema que nadie podía nunca haber imaginado: creó otra guerra. Pero era ésta una guerra maldita y degradante, -por eso era real,- y al igual que las dos anteriores, desesperada–¿qué guerra no lo es?
En un intento de hacer más macabra aquella realidad maldita, la deformó, poniendo su historia en la boca de un protagonista deformado y con una visión deforme de ella. Sin embargo, en ocasiones anhelaba ser aún más real, más retorcido, así que decidió concebir un segundo narrador. Era ésta una decisión a destiempo, pues el armazón ya estaba montado, y no era sencillo añadir otro personaje. Una idea vino a su mente: el otro protagonista no sería otra persona, sino una ilusión: un viejo tambor de hojalata en manos del muchacho. Con su brillante idea volvió a ver morir su ego, pues Oscar Matzerat ya fue Escrito tiempo atrás por otra mano.
Se juró que no volvería a escribir nunca más. Loco de rabia rompió su pluma y quemó sus páginas maldiciendo la naturaleza que olvidó darle sus palabras, condenándole a vivir con las ajenas. Pensó con tristeza en Borges, diciendo que todo lo escrito ya ha sido alguna vez pensado, pues todos los pensamientos posibles han sido ya ideados por los hombres en el inmenso tiempo pasado desde la concepción de la palabra. Tal vez, de ese modo, ningún libro –ni los de Borges- eran originales.
Consolándose con estas cavilaciones abandonó su encierro, y rompió a andar sin rumbo. Dejó su hogar atrás, más allá de la noche, y sintió una helada ventisca en su cuello descubierto. Aunque le molestaba no se abrochó; pensó que el viento y el frío eran parte del lugar al que se dirigía y los aceptó sin reservas. Y fueron éstos quienes, discretamente, le advirtieron que estaba llorando: susurraron muy suave y muy frío hasta helar las gotas de sus mejillas. El caminante murmuró algo ininteligible, pestañeó purgándose y elevó la vista al cielo. Vio en él sus fulgores, constelaciones que le fueron tan familiares en su niñez y cuyos nombres ya había olvidado. Y se maravilló: “Dios mío, cuánto hace que no miraba al cielo”. Y conocía la respuesta: “Desde que me encerré entre libros y polillas, respirando polvo y páginas enmohecidas y esfuerzos baldíos”. Comprendió que las estrellas eran más brillantes que nunca por que ya nadie las desgastaba con su mirada. Otros antes que él las habían mirado, pero ya no debía hacerlo nadie, pues refulgían como la pasión. “Sí, es cierto, ya nadie mira las estrellas. Todos miramos al suelo, sólo al suelo. Y ellas siguen ahí, sólo esperan. En lo más alto, como un ideal; inalcanzables, como un libro. Son ideales, sentimientos, pasiones... páginas escritas.”. ¿Quién sería el último hombre que las había contemplado? Era una pregunta imposible de contestar, -tal vez él mismo de niño- pero sí supo quiénes las habían mirado alguna vez: los viejos escritores cuyas obras había devorado. Comprendió que, de alguna manera, aquellas mismas estrellas que le veían llorar, dieron las palabras a los grandes genios que desde niño admiraba, quizá en una noche como aquella, y quizá con las mismas lágrimas embrumando sus ojos. “Aquellas mismas estrellas que a mí me las niegan. Claro que, hacía siglos que las había olvidado, como olvidé al mundo en mi prisión. Dicen que son un estanque que refleja la tierra, lo puro que hay en ella, lo que nunca miramos. Quizá el secreto esté en levantar la cabeza, mirar a lo alto. Quizá sea hora de dejar mi torre y volver al mundo.”
De forma violenta, casi física, aborreció su anterior vida de encierro y descubrió el mundo, entregándose a él, hasta que su palidez se curtió y sus ojos se abrieron a la luz del día. Cada experiencia, cada sentir le fue congraciando poco a poco con el mundo, con las estrellas, cuyo favor había disfrutado de niño. Necesitó diez años para volver, y fue entonces cuando el mundo, cuando las estrellas, le devolvieron la voz: Otra noche, ante ellas, concibió una idea temerosa y audaz que le absorbió de inmediato. La meditó con cautela, sorprendiéndose de sus posibilidades, variantes, crecimiento. Sin dudarlo un instante rompió sus promesas en pedazos y volvió a escribir, prosiguiendo su caminar por el mundo dentro de las garabateadas, de las inmortales páginas que narraría. De ellas generaciones futuras sentenciaron que lloraban como Flaubert, cantaban como García Márquez, asombraban como Borges. Y, en cierto modo, él fue Flaubert, fue Márquez, fue Borges; sin usurpar sus palabras, compartiendo sus estrellas. Así, como había soñado, fue todos, pero también y al tiempo ninguno. En el mundo, en las estrellas, encontró por fin su palabra.
Aguacaliente de Cartago, 7 de Junio de 2002
Aguacaliente de Cartago, 14 de Junio de 2002
(Revisado, corregido, aumentado)
POST ESCRIPTUM: Siglos después de su muerte su libro volvió a ser escrito por una apasionada adolescente que, bajo otro cielo y nuevas estrellas, lloraba desconsolada, creyéndose la criatura más desdichada del mundo, creyéndose incapaz de crear.







