Rodalia

un relato nuevo al mes!

  • Aumentar fuente
  • Fuente predeterminada
  • Disminuir fuente

El soñador

E-mail Imprimir PDF
También el jugador es prisionero
(la sentencia es de Omar) de otro tablero
de negras noches y blancos días.

J.L.Borges, El ajedrez

 

Recuerdo muy lejanos los días en que las pesadillas arruinaban mis noches y me hacían implorar la luz del día. Lejanos y confusos, aunque, ¿qué no encuentro confuso hoy en día?
Ensayé innumerables experimentos para alcanzar la paz. Fatuos intentos, vanas esperanzas, pues las pesadillas siempre volvían: una noche huía de unos soldados por escaleras y corredores absurdos, recurrentes hasta la saciedad y el abuso; otra vivía el fallecimiento de un ser entrañable, y contemplaba con ojos ya sin lágrimas su agonía, interminable entierro, insoportable dolor; otras sucedían en una realidad desconocida, donde yo buscaba desesperadamente algo –no recordaba qué- cuya posesión me era necesaria, tal vez vital. Discurrían otros sueños por lugares sin nombre, jamás vislumbrados por otro ser humano, donde en cada rincón –si es que tenían rincones- acechaban las más horribles criaturas. Éstas, totalmente inimaginadas, -ni siquiera por mí, pues nunca las veía-, imbuían pánico con su sólo presentimiento. Y lejos de acostumbrarme a todos aquellos horrores, su certidumbre, su infabilidad de cada noche, los hacía más pavorosos.

Aquellos tiempos que, como digo, recuerdo lejanos y borrosos, eran mañanas de ojeras con noches indescriptibles por horrorosas, pues el párrafo anterior resulta totalmente vano para ese propósito.
Fue la casualidad, aunque una casualidad buscada, causal, la que me reveló el secreto del dominio sobre lo soñado. Aquel gran secreto. Quizá ahora, un hipotético lector de estos párrafos esperaría que esta fórmula, tan arcana quizá como los sueños, le fuera revelada. He de advertir a quien desee aventurarse en su búsqueda que entraña una terrible maldición. El doctor Frankenstein, -si se me permite recurrir a una novela para justificarme-, omitió en su diario los procedimientos secretos de la vida, y aconsejó a quien le quiso leer que desistiera de buscar la blasfemia que tanto dolor le causó. Del mismo modo y por los mismos motivos yo imploraría a quien me leyera –si alguien me pudiera leer ya- que no siguiera mis pasos, pues sólo llevan a la perdición.
Decía que hice un gran hallazgo: descubrí la forma de dominar los sueños. En poco tiempo borré mis ojeras y mi rostro se asemejó más al de mi juventud. Todos cuantos me rodeaban hablaron de mi cambio de humor, y a mis espaldas me pareció oír más de una vez especulaciones sobre mi metamorfosis. Yo, ajeno a todos, aguardaba a la noche con dulzor, y las tres o cuatro horas que había dormido hasta entonces fueron creciendo hasta nueve, diez, doce...
Mis primeros sueños controlados eran iguales a la realidad que entonces me era tan grata. Me levantaba, tomaba un buen tazón de café –que no me robaría el sueño- y acudía a mis ocupaciones. Sostenía las mismas conversaciones que había tenido durante el día, a veces interponiendo pequeñas variaciones que me divertían y le daban variedad.
Gocé durante mucho tiempo feliz con estos sueños, a pesar de su simplicidad. El no tener que huir, esconderme, llorar cada noche, era tan increíblemente cierto que fui feliz con aquellas burdas invenciones, simples copias de la realidad.
Quizá reviviera cada día en la noche por que sabía que, de esa forma, todo estaba atado, bajo control, y no encontraría ninguna desagradable sorpresa. Sin embargo, los pequeños guiños que hacía en el sueño, aquellas insignificantes alteraciones sobre la realidad vivida, fueron la punta de lanza hacía un salto cualitativo.
Desde donde podía recordar, mis sueños siempre habían sido pesadillas. Por ello, por no saber a ciencia cierta lo que es un sueño normal, me costó mucho tiempo alcanzarlos. Claro que, ¿cuál de entre mis sueños podría nunca ser normal? Como decía, mediante pequeñas modificaciones que se acumulaban noche tras noche fui urdiendo un mundo secreto y fantástico. Envuelto en un nuevo Universo, adopté una nueva identidad: fui Zertoal. Yo, Zertoal, era el soberano de aquel mundo, querido y admirado por todos sus habitantes. Héroe de mi gente, ídolo que adoraban, todos mis deseos eran acatados: los más suculentos manjares y las más exóticas bebidas, aquellas que nadie más que yo podría probar, pues sólo en mis sueños eran fermentadas. ¡Ah!, y cómo olvidarlo, también las más hermosas mujeres. Poco a poco mis sueños fueron absorbidos por las mullidas camas de mi imaginario palacio, en las que retocé con las mujeres más bellas de mi mente, y también de mi realidad. Zertoal fue, desde sus principios, un hedonista.
Mientras tanto, la vulgar realidad de los días y los despertares se iba tornando rutinaria y carente de sentido. Mi corazón habitaba ya en las noches, como Zertoal, donde el poder de su deseo era arrogante, y sus más inverosímiles ocurrencias acatadas. Tal vez fue entonces cuando comencé a percibir la vigilia envuelta en una tenue neblina, fruto de la apatía e indiferencia, que difuminaba mis recuerdos y percepciones.
Seguí durante muchas noches, años quizá, debilitándome en los placeres de los sentidos, hasta que estuve listo para dar otro paso adelante.
Para alguien que no ha soñado más que pesadillas es muy difícil, decía antes, saber cómo son los sueños. Por eso, cuando encuentra la llave que le abre el camino hacia su posesión tiene que tantear e ir buscando torpemente hacia su meta. Algún día me percaté de que los sueños debían ser el opuesto de la vigilia, pues eran –como sólo hoy comprendo plenamente- mortales enemigos. Si la vigilia es una historia, una sucesión de hechos coherentes, un sueño no puede ser coherencia, sino sólo absurdo. Si la realidad es una novela, que se prolonga en sus días como ésta en sus páginas, el sueño es cuento, corto e intenso como una sola noche. Así pensando ingenié para cada noche un cuento diferente, que las enriquecía y las hacía a todas distintas y extraordinarias. Cada vez decidía un mundo, una historia, un tiempo. Durante los días me abstraía cuanto me rodeaba para parir un universo entero: el de mi sueño de cada noche. Un universo que existiría durante una noche entera, y luego moriría, -o sería olvidado. Meditaba continuamente sobre las infinitas posibilidades, y alguna vez, el atardecer me sorprendía sin todo decidido. En esas ocasiones corría a alguna biblioteca, con la noche próxima y el sueño rondándome, buscando ideas, inspiración. Volví a descuidar mi aspecto y mis relaciones con cuantos me rodeaban, viviendo los días como sueños y para ellos, y siendo la noche mi mayor realidad.
Así, Zertoal –pues ya no respondía a otro nombre- fue también Julio César, comandó a los hombres de Alejandro, escuchó en la lejana Jerusalén al Maestro, y en una polis a Sócrates; viajé como Ulises, y el Corsario Negro, y mis hombres me veneraban y por una noche daban su vida por mí. Y estos, los cuentos ya soñados, fueron los menos numerosos; las más de las veces discurrí por mundos nuevos, originales, ondeando el paternal orgullo de que todo allí era obra mía.
Si no tuviera la certeza de que estas líneas jamás serán leídas por nadie, intuiría la incredulidad del lector; seguro que se preguntaría por qué no hice partícipe al mundo de mi descubrimiento. Sin duda yo sería aclamado y querido por la humanidad. Como Prometeo trajo el fuego, yo habría traído las estrellas. Pero yo ya era aclamado y querido en mis sueños, de una forma desproporcionada, y con sólo desearlo. ¿No tenía allí todo lo que podía desear? ¿Qué me importaba entonces a mí el mundo de la vigilia, que ya me era tan extraño? Así fue como mi indiferencia salvó al mundo de mi condena.
Alenté mis sueños durante muchos años más, sin llegar nunca al fondo de mi imaginación.  Entonces sentí el afluir de una fuerza que no era tan repentina como quería parecer. Durante aquellos años innumerables cambios habían aflorado en mí, pero mi abstracción y mi obsesión enfermiza por las noches –por los sueños- no me dejaron percatarme hasta que los efectos resultaron insoportables.
En uno de mis sueños, hace mucho ya, oí decir a un sabio que el mundo es una gran rueda. No sé si ese pensamiento fue mío o si lo leí alguna vez, pues todo se mezcla en los sueños; obviamente, no fue de aquel sabio, que sólo en mi mente existió y por una sola noche. Si el mundo, como decía, es una rueda, un círculo eterno, todo vuelve alguna vez a lo que fue, todo vuelve siempre a comenzar y ser repetido. Tal vez pasen siglos, milenios, eternidades, para otros hombres, para otros hechos, pero a mí me bastaron cuarenta años.
Una densa neblina fue envolviendo mis días, haciéndolo todo extraño y absurdo, intangible, como la esencia misma de los sueños. Empecé a percibir deformadas las vigilias, de manera que ahora mismo no estoy seguro de si lo que sujeto en mi mano mientras intento narrar mi historia –mi sueño- es un lápiz o un cuchillo. Mis razonamientos, como mis percepciones, se han vuelto equívocos, mentirosos. Tal vez entre estas líneas haya dejado adivinar esa falsedad alguna palabra extraña, una frase turbadora.
Esa bruma, esa confusión, paradójicamente me ha dado la luz para comprender. Los momentos de mi vida –que son la esencia de todas las cosas- han pertenecido al sueño y a la vigilia. Ambos, mortales enemigos, se los han disputado descuartizándolos con fiereza; la existencia de uno sólo es asegurada por la muerte de su contrario, pues ambos no pueden ser al mismo tiempo.
Al soñar el hombre se cree tan despierto como en el día; cuando sueña no recuerda el día, como durante el día olvida los sueños. Ambos rivales tratan de anularse, reduciéndose a la muerte del olvido, la peor de todas por ser eterna.
Y los hombres permanecen ajenos a la lucha, como un campo de batalla que espera sobrevivir a todas las guerras y odios, por ser su sustento. Hombres que se reducen, que se venden al amo del momento, que en la vigilia alaban al sol, y en los sueños sus cuentos; hombres que en la vigilia creen que el día es la única realidad, y sus sueños su reposo, hombres que, del mismo modo, no reposan en sus sueños, entregados a arduas tareas, esperando el despertar para el descanso. El hombre, incapaz de vivir sin un fin, no puede resignarse a actos inocuos. Es por eso que siempre quiere creer estar en la realidad, tanto en la vigilia como en los sueños.

Pero llegado a un momento de madurez, de conocimiento de los dos mundos, tuve que afrontar una disyuntiva: decidí qué mundo era real y cual artificio. Y sin más criterio que mi deseo, opté hace ya tiempo, -sin saberlo siquiera- por mi realidad. Aunque quizá no fuese un razonamiento tan gratuito: la verdadera realidad debía ser turbadora, agotadora, pues sólo así se explica que los hombres engendrasen un mundo de leyes naturales y formas inmutables, de espesa lógica, para servirles de solaz y reposo. ¿Hay un mundo más agotador que el de los sueños, eternamente mutantes, imprevisibles? Ese conocimiento, esa luz, fueron mi maldición. Pues los mundos son celosos como los apasionados amantes, y maldicen a los hombres que les dan la espalda, y buscan su mal. Comprendí que las pesadillas que sufrí tantos años eran la venganza de la noche por creer con excesiva firmeza en la realidad del día, de una forma desaforada e intensa que conformaba un círculo vicioso alentado por el temor a la noche. Ahora abrazo la noche, la vigilia se revuelve contra mí.

Así, irónicamente, he vuelto a vivir mis desconsoladas pesadillas. Intento dormir casi todo el día para evitarlas, pero al mediodía, cuando el sol está tan alto y es tan intenso que penetra por los más estrechos resquicios, cuando el hambre retuerce mis tripas, entonces despierto y ellas vuelven, siempre vuelven...

Aguacaliente, 8 de junio de 2002
Aguacaliente, 23 de junio de 2002


POST ESCRIPTUM: ¿Que por qué escribo en hojas que no existen, en un mundo creado por mi imaginación? ¿Por qué, si ya nadie me puede leer? Quizá para mí, quizá para que la vigilia me lea y se apiade. Claro que, en realidad, no estoy escribiendo nada.


 

Este cuento pertenece a la colección "El curso del Agua Caliente"

 
 

 

Agregue su comentario

BoldItalicUnderlineStrikethroughSubscriptSuperscriptEmailImageHyperlinkOrdered listUnordered listQuoteCodeHyperlink to the Article by its id
Tu Nombre:
Asunto:
Comentario:
 
Introduce tu correo para recibir aviso cuando subamos un nuevo cuento


¿Acepta HTML?

Un nuevo relato en...

 

Sumérgete en el cauce del río Agua Caliente!

 

Artículo aleatorio

PedradasEl derecho de vivir en paz
pedro

Hace un par de años quise irme a Turquía, y a la chica de la agencia de viajes se le ocurrió financiarme el viaje. Para ello me hizo rellenar una solicitud de crédito "sin intereses" del banco Santander, que me llegó denegada en unos días. Pagué pues el viaje a tocateja, y al regreso me encontré en el buzón otra carta del Santander ofreciéndome préstamos para el consumo.
"Están loco [ ... ]