Ramsés gustaba jugar con el barro de la calle. Al principio, su padre, el viejo general, lo permitía, por su breve edad; con el tiempo fue impacientándose, hasta llegar al enfado, pero a Ramsés no le importaba. Había visto con sus jóvenes ojos las más grandiosas pirámides, orgullo del Reino del Nilo, y día tras día se empecinaba en evocarlas en el fango. Sus obras representaban también incansables templos de infinitas escaleras, protegidos celosamente por sus divinidades. Apenas había comenzado su instrucción religiosa, pero tenía una imaginación muy vívida y más real que los enfados de su padre; con estos convivía unas horas al día, y con sus sueños en todo momento, incluso de noche.
Poco a poco su padre se fue conformando –quizá resignando- con la idea de que había nacido para idear monumentos, imaginar prodigios, y como se trataba de una familia acomodada planeó para él la formación adecuada. Había cruzado el río sagrado para enseñarle las viejas canteras, e incluso imaginó un viaje -que no llegarían a realizar por la plaga de langostas que asoló el reino-, más allá de la tierra roja, para mostrarle las minas de diorita que él tuvo ocasión de visitar también siendo un niño. La fiebre se fue pasando de hijo a padre, y éste comenzó a mirarle con brillo en los ojos.
Pero una tarde que el general volvía antes de lo acostumbrado sorprendió a su hijo en el fango cuando debiera haber estado con su maestro. Le gritó hasta hacerle llorar y le hizo entrar en la casa. Aquella noche, antes de dormir, un triste Ramsés entró en la estancia de su padre para tomar su mano. Éste la apartó y con una mirada lo hizo retirarse. Sólo cuando Ramsés estuvo dormido cayó en la cuenta el anciano general de que era sólo un niño, tan sólo un niño que se divertía ensuciando sus manos de barro frente a su casa. No tenía más ambiciones que hundir sus pies en el lodo fresco y sumergirse en una concentración tan profunda que sólo alcanzan los niños con sus juegos y los escribas con sus papiros. Pensó su padre de que a Ramsés no le interesaban más los papiros ni las enseñanzas que recibía. Sólo esperaba la hora del fin de sus lecciones para volver a su rincón de calle, a su reino secreto. Enternecido, puso su gran manaza sobre la cabeza del muchacho, con cuidado de no despertarlo. Era una mano ruda y basta que había matado incontables enemigos del Reino y dirigido a miles de guerreros al combate, pero toda su fuerza se rendía ante su hijo. Quiso hablarle, reconciliarse con él, pero no osó despertarlo. “Duerme ahora, hijo mío, mi primogénito. Puedo esperar a mañana para hablarte.”
Se asomó por la gran ventana, desde donde dominaba toda la ciudad, y le sorprendió los quehaceres de los israelitas en su barrio. Si su afilada vista, que tanto le había servido en la guerra, no le engañaba, aquella gente estaba pintando con un tinte oscuro los umbrales de sus casas.
Aguacaliente, 11 de Agosto 2002
Poco a poco su padre se fue conformando –quizá resignando- con la idea de que había nacido para idear monumentos, imaginar prodigios, y como se trataba de una familia acomodada planeó para él la formación adecuada. Había cruzado el río sagrado para enseñarle las viejas canteras, e incluso imaginó un viaje -que no llegarían a realizar por la plaga de langostas que asoló el reino-, más allá de la tierra roja, para mostrarle las minas de diorita que él tuvo ocasión de visitar también siendo un niño. La fiebre se fue pasando de hijo a padre, y éste comenzó a mirarle con brillo en los ojos.
Pero una tarde que el general volvía antes de lo acostumbrado sorprendió a su hijo en el fango cuando debiera haber estado con su maestro. Le gritó hasta hacerle llorar y le hizo entrar en la casa. Aquella noche, antes de dormir, un triste Ramsés entró en la estancia de su padre para tomar su mano. Éste la apartó y con una mirada lo hizo retirarse. Sólo cuando Ramsés estuvo dormido cayó en la cuenta el anciano general de que era sólo un niño, tan sólo un niño que se divertía ensuciando sus manos de barro frente a su casa. No tenía más ambiciones que hundir sus pies en el lodo fresco y sumergirse en una concentración tan profunda que sólo alcanzan los niños con sus juegos y los escribas con sus papiros. Pensó su padre de que a Ramsés no le interesaban más los papiros ni las enseñanzas que recibía. Sólo esperaba la hora del fin de sus lecciones para volver a su rincón de calle, a su reino secreto. Enternecido, puso su gran manaza sobre la cabeza del muchacho, con cuidado de no despertarlo. Era una mano ruda y basta que había matado incontables enemigos del Reino y dirigido a miles de guerreros al combate, pero toda su fuerza se rendía ante su hijo. Quiso hablarle, reconciliarse con él, pero no osó despertarlo. “Duerme ahora, hijo mío, mi primogénito. Puedo esperar a mañana para hablarte.”
Se asomó por la gran ventana, desde donde dominaba toda la ciudad, y le sorprendió los quehaceres de los israelitas en su barrio. Si su afilada vista, que tanto le había servido en la guerra, no le engañaba, aquella gente estaba pintando con un tinte oscuro los umbrales de sus casas.
Aguacaliente, 11 de Agosto 2002







