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La última lección

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José Vicente había sido maestro de escuela hasta donde su memoria, que era larga, alcanzaba. Había sido destinado a un pueblo perdido en la selva y había rechazado otros destinos cuando se le habían presentado, por lo que su vida había discurrido tranquilamente. Sin embargo, él jamás hubiera considerado monótonos sus días; aunque aparentemente iguales, cada uno de ellos había sido enriquecido de forma diferente, por la sonrisa cómplice de un alumno, por la fascinación de la clase ante la revelación de un fenómeno natural.


José Vicente era lúcidamente consciente de todo ello, y se consideraba un hombre afortunado. Por esa misma consciencia sus ojos se llenaron de lágrimas y su voz de temblor cuando llegó el último día del último curso que por su edad se le permitía trabajar.
Con el pulso acelerado se levantó y se dispuso a repetir la lección que, inmutablemente todos los finales de curso había dado como despedida a sus alumnos. La clase hizo silencio esperando, y por unos momentos no supo si era el último o el primer año en que decía aquellas palabras. O tal vez el tiempo se confundía y eran ambos momentos a la vez. Quizá ahora, de alguna manera, también hablaba para todos aquellos niños a los que había educado alguna vez, y para todos los que ya no podría educar, porque en aquella despedida, la última de sus días, esperaba que todas las anteriores hubieran llegado al corazón de sus niños; de no haber sido así, también era una última oportunidad.
Carraspeó:
-¿Cómo amanecieron todos? Vamos a ver... ¿alguien sabe qué es un ñu?
Alguien al fondo respondió:
-Una especie de vaca.
-Más o menos –sonrió.- Verán, en este último día voy a contarles una historia que habla de estos animales y del lugar que ocupan en la naturaleza. Pues como saben, la más despiadada de las leyes es la ley de la Madre Naturaleza. Para ella, sólo sobreviven los más fuertes, y los débiles están condenados a morir
Los depredadores, desde sus secretos escondites de zacate y matojo, acechan a sus presas. Apenas tienen oportunidad, se lanzan al ataque. Sus presas, pilladas por sorpresa, intentan huir, pero muchas veces alguna cae bajo sus garras. Y, de entre toda la manada, son las más débiles las que son más fácilmente atrapadas. Aquellas que están cojas, aquellas que están heridas, y son más lentas, y también las más jóvenes. Son éstas, las más jóvenes, las que caen más fácilmente.
Esa es la ley de la Madre Naturaleza. Es una ley dura que condena a muerte a los débiles y salva a los más fuertes.
Y es la ley que siguen todos los animales, excepto uno, quizá el más noble de todos: el ñu. Hace miles de años el ñu se reveló ante una ley que no le parecía justa, y la naturaleza, que es muy soberbia, le odia más que a ninguna otra especie por ello.
Pero... ¿cómo creen que se reveló el ñu ante la ley natural? Harto de ver morir a sus crías y miembros más indefensos, los más fuertes de entre los ñus decidieron sacrificar sus vidas para salvar las de los demás. En una noche de verano de hace muchos, muchos años, un león quedó petrificado cuando se disponía a atacar: los ñus no huían; plantaban cara. Los ñus más fuertes y robustos formaron una terrible barrera circular, dentro de la cual se guareció el resto de la manada. Ahora, tanto tiempo después, no se sabe si en aquel primer encuentro venció el león o los ñus. Es algo que se ha olvidado. Pero jamás olvidará la Naturaleza el orgullo del rebelde ñu, y la muerte de sus más fuertes ejemplares es la venganza de la Naturaleza sobre la raza.
Mientras el resto de especies obedecen la sagrada ley, dejando morir a los débiles, el ñu alza la vista al cielo en irresistible orgullo, resopla, hincha su pecho y da su vida por la manada. Los ñus ponen en evidencia al resto de animales, desde las gráciles gacelas hasta los veloces caballos salvajes, que los envidian en secreto y desean su mal.
Hay hombres que son como las gacelas, que en su cobardía e indiferencia recelan de los demás y los abandonan a su propia suerte. Hay hombres que son como los leones, que viven a costa de los demás, y lucen orgullosos su melena rociada de sangre, símbolo de su clase y poder. Hay hombres como los ñus, rebeldes y decididos, que desafían a la ley de la Madre y que pagan su osadía con su sangre y su vida.
Todos ustedes son gacelas asustadas que comienzan a pacer por la sabana, donde el león espía. Pero al contrario de las especies animales, que nacen león, gacela o ñu, ustedes pueden elegir. Pueden pacer muchos años, disfrutando del placer de ser gacela, y confiando no ser las más débiles de la manada. Mientras no lo sean, mientras el dolor no recaiga directamente sobre ustedes, vivirán confiados y serán felices; mientras se desentiendan del festín de los leones, hasta que quizá, algún día, formen parte de él.
Pueden, si son astutos y pérfidos, convertirse en leones, o incluso en traidoras hienas, y alimentarse de los despojos y de los débiles.
Por último, pueden abrir los ojos al sufrimiento de la manada, que es el suyo. Pueden ser valientes y desafiar la Ley Natural. Pueden ser ñus.
Mientras José Vicente exhalaba los mismos vocablos que había repetido tantos años, no pudo evitar pensar si habrían servido para algo; de no ser así su vida tal y como la entendía no había tenido sentido.
De repente se sintió muy cansado, y sus huesos acusaron el peso de su carrera y de sus palabras. Con la calma que emana del deber cumplido, despidió a sus últimos alumnos con la voz todavía emocionada mientras se sumía en el silencio de las eternas reflexiones.

Aguacaliente, 20 de Abril del 2002


Este cuento pertenece a la colección "El curso del Agua Caliente"

 

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