Ese debe ser –pensó Mosén Millán- el potro de Paco el del Molino, que anda, como siempre, suelto por el pueblo.
Réquiem por un campesino español
Ramón J. Sender
Mosén Millán cruzó la plaza de la iglesia arrastrando los pies. De la fuente, inaugurada poco antes de la guerra, seguía sin brotar agua, y el nuevo ayuntamiento aún no había restituido a la santa Magdalena, derribada del pórtico por los milicianos. Todo en el pueblo evocaba la guerra. Cada marca de proyectil, cada casa en ruinas, cada puerta cerrada, era un grito callado.
El sacerdote caminaba mirando al suelo, para no ver la fuente seca, ni la santa mutilada. Con un crujido abrió la hoja derecha del portón, entornándola tras su paso. Así dormitaría en el confesonario hasta que el chirrido de los goznes le advirtiera de la llegada de algún fiel.
En el centro de la nave, un círculo negro en las baldosas recordaba el lugar donde los rojos habían hecho fuego para calentarse. Justo encima, mosén Millán repasaba el brillo de sus zapatos con el ceño fruncido. Detestaba aquel confesonario. Los capellanes castrenses, aquellos que absolvían a ejércitos enteros en el frente, habían sido licenciados, y ahora correspondía a los curas de pueblo la connivencia con los verdugos y asesinos que seguían la guerra después de acabada. Perdonaba a los arrepentidos y a quienes simulaban estarlo, a los hambrientos y a los saciados.
La puerta chirrió a sus espaldas. Sin girarse se dirigió al confesonario y, mientras los pasos del feligrés se acercaban, dirigió una mirada fugaz al retablo del altar pequeño, del que tan sólo quedaba el fragmento del huerto de los olivos. Dispuso la estola sobre sus hombros y se sentó.
-Ave María Purísima.
A través de la rejilla distinguió a Rosabel, la joven viuda del médico.
-Sin pecado concebida.
-Perdóneme, padre, porque he pecado. Tengo a Tomás, al pequeño, con fiebre. El racionamiento apenas nos da para comer, y las medicinas de estraperlo son caras. Pasamos hambre.
Guardó silencio unos instantes y a mosén Millán le pareció que tragaba saliva antes de seguir con un hilo de voz.
-Ayer me quedé sola con Jaime, el panadero. Le supliqué ayuda. Le hablé de mi hijo enfermo. Sé que con otros lo hace, sé que para otros tiene pan blanco y harina escondida.
Mosén Millán atisbó una sombra que, sin apenas ruido, entró en la iglesia y ocupó el último banco. Rosabel no se percató.
-Jaime se rió de mí. Me dijo que merecía la miseria en que vivía, que mi marido mereció la bala en la nuca y la tierra que llenaba su boca. Que sólo lamentaba no haberlo hecho él mismo. Que estuvo allí. Que mi Julián chillaba como un cerdo cuando lo bajaron de la camioneta.
-Hija, no has venido para expiar los pecados de Jaime, sino los tuyos. –le repondió el sacerdote, mirando de reojo al hombre del último banco.
-Para insultarme más, me dio la espalda mientras reía. Cogí la pala de hornear… y le golpeé en la cabeza. No sé cómo lo hice. Jaime cayó con el ruido de un saco de harina. Supe que estaba muerto, y salí corriendo. Eso fue anoche. Ahora ya le habrán encontrado, padre. Su hermano habrá vuelto del reparto. Me entregaría a la justicia, padre, pero he visto lo que pasa con los huérfanos de la guerra, dónde se crían y cómo viven. No puedo entregarme por mi hijo, no me puede delatar usted, padre, perdóneme.
Mosén Millán miró una vez más a la silueta del último banco. Reconoció en ella al hermano del panadero, y comprendió que aquella sombra agazapada no buscaba recogimiento ni confesión, sino al asesino de su hermano, en el lugar en el que los criminales lavan sus manos de sangre.
-Ego te absolvo, Rosabel, porque veo arrepentimiento en ti. Ve y no peques más.
La mujer le miró incrédula, esperando la penitencia, pero el sacerdote salió del confesonario y la ayudó a levantarse. De su bolsillo sacó un pedazo del pan blanco que el panadero le apartaba, como a otros, y se lo dio ceremoniosamente, de modo que se viera desde toda la nave.
-Bésame la mano y vete en paz –dijo a la mujer, y se sentó a esperar en el confesonario.
A través de la rejilla vio cómo el hermano de Jaime seguía con mirada inquieta a la mujer que marchaba. Rosabel, en el umbral, tuvo que hacerse a un lado para dar paso a Don Cosme, que llegaba puntual a su confesión.
-Ave María Purísima, pater.
-Sin pecado concebida.
Don Cosme era feligrés de confesión diaria, reclinatorio en capilla y cirio grueso en procesión. Dueño de las tierras de la vega baja, su patrimonio se había multiplicado tras la guerra, hasta lindar con el coto de los Ensenada, y él había comenzado a usar el bastón que perteneció a su padre, y palabras como “pater” o “gentuza”.
Mientras Don Cosme hablaba, mosén Millán recordó, como si aún lo estuviera escuchando, cuando éste le confesó haber paseado al médico del pueblo. No hubo arrepentimiento en aquella confesión, pero sí mucho de la ostentación y bravuconería de quienes no están acostumbrados a la violencia y la saborean por primera vez. “Ya sabe usted, pater, cómo es esa gente de letras, capaces de embaucar al tribunal con bonitas palabras. Por eso lo teníamos que hacer nosotros; como patriotas y como hombres de fe: Jaime el panadero, su hermano Samaruc, y un servidor de usted. Cargamos al médico en la camioneta de la panadería y lo despachamos junto a la tapia del cementerio. Absuélvame, pater, porque he pecado”, había confesado Don Cosme un año atrás, con pecho henchido y sonrisa trabada.
Mosén Millán guardó silencio hasta que Don Cosme terminó de confesar: había imaginado a su ama de llaves cambiándose las enaguas, y había soñado que, tras una riada, la iglesia desaparecía bajo las aguas. Aquel sueño le parecía un mal presagio; quizá algún peligro acechaba al pueblo por permitir a demasiada gentuza campar a sus anchas. La sombra sentada en la oscuridad observaba callada. El sacerdote levantó su mano:
-Ego te absolvo, Cosme. Rezarás tres rosarios completos frente al Sagrario.
-¡Pater! ¿Se ha vuelto loco? –siseó Don Cosme-. Ni que hubiera matado a alguien; pero si le he dicho lo mismo que ayer, y que anteayer, y nunca paso de los dos padrenuestros. Los que no somos curas tenemos obligaciones que atender.
-Tres rosarios frente al Sagrario. –Sentenció el confesor, cerrando la cortina.
Resignado, Don Cosme se arrodilló en la capilla lateral. Mosén Millán giró la vista hacia el retablo ennegrecido por el fuego, donde Judas besaba a Jesús en el huerto de los olivos, y comprendió que tan asesino es quien ejecuta como quien señala, aun cuando salve así a una inocente. Susurró en la voraz oscuridad del confesonario “Perdóname, Dios mío, porque he matado”.
Media hora después, el hermano del panadero dejó el último banco y salió de la iglesia con paso rápido. Don Cosme quedó en oración frente al Santísimo. Al poco, el sonido apagado del motor de una camioneta llegó desde la plaza.







