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La entrega

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Duquesa de AlbaEl camión reanudó su marcha sobre la carretera enfangada, mientras los dos ocupantes de la parte trasera se sujetaban en cada curva.
-Sigo sin entenderlo del todo –preguntaba el pintor guipuzcoano- ¿cómo se puede pintar el movimiento?
-Seguro que alguna vez, de chico, te regalaron una lámina mágica. Ya sabes, las que tienen un pájaro y una jaula vacía. Cuando la haces girar, el pájaro parece enjaulado.
-Pero tú no me hablas de dos dibujos superpuestos, sino de movimiento, de un ratón que camina, que conduce un barco…
-Sí, es la sucesión de imágenes la que produce la ilusión de movimiento. Nadie mueve los hilos tras el escenario.
-Y tu trabajo es pintar.
-Dibujar. Dibujo al ratón levantando un pie, adelantándolo un poco, levantándolo un poco más… hasta que da un paso.

 

-De locos. ¿El mismo dibujo cientos de veces? –se sorprendió el pintor.
-Miles –sonrió el americano-. Puedo dibujar ese ratón con los ojos cerrados.
-Pero eso no es arte… es otra cosa. Y tú aspiras a algo más. Eras bueno, el mejor, y malgastas tu talento en eso. Deja que te muestre algo.
El pintor abrió con cuidado una de las cajas para sacar el retrato de una niña montada en pony. En el cielo, una nube parecía envolverla, y a sus pies dos perros posaban tranquilos. En la parte inferior izquierda, un escudo de armas completaba la escena.
-¿Es quien yo creo?
-La misma. Pinte a la niña, y me llevé el lienzo a Italia para terminar el paisaje. Le prometí al duque que la traería personalmente, y ahora me veo inmerso en esta tierra de locos, jugándome el cuello por un encargo. ¿Quién podía prever el levantamiento de los militares?
-Esta zona es tranquila, y nosotros hombres de paz, no soldados.
-¿Es que no has visto el cuadro? La hija de los Duques de Alba posa junto a dos perros y su escudo de armas. ¡Una Grande de España! ¿Qué crees que nos harán los rojos si encuentran este lienzo?
-No sabrán quién es.
-Verán el escudo y reconocerán su alcurnia.
El camión se detuvo en seco. Sobre la lluvia se distinguió una voz:
-¡Alto al ejército de la República! ¡Bajad del vehículo con las manos en alto!
El pintor pareció enloquecer:
-¡Los rojos, los rojos aquí! ¡Nos aseguraron que esto era territorio nacional! ¡Verán mi trabajo, verán el escudo! Me interrogarán, querrán saber qué relación nos une.
-¡Bajad del camión! –repitió la voz.
Zuloaga saltó al barro del camino con la mirada en las botas. Los soldados le registraron a conciencia, junto al chófer y al copiloto, y mientras eran interrogados el americano salió del camión y se unió al grupo. Respondieron asustados a cada pregunta: quiénes eran, de dónde venían, cuál era su destino. Y ante la congoja de Zuloaga, iniciaron el registro del cargamento.
Pronto resonaron las carcajadas de los milicianos dentro de la camioneta. El americano sonrió y le lanzó un guiño al pintor.
-¡Mirad, es el ratón del cine! -gritaban- ¿A quién se le ocurre meter esto en un cuadro serio y caro?
Ni siquiera se dieron cuenta de que la pintura estaba tan fresca que impregnaba sus manos.

Castellón, 23 de octubre de 2009

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