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Deus ex machina

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La diosa ocultaba sus pechos bajo el brazo. Un mechón de su interminable cabellera le cubría el pubis. A pesar de su recato, nada en ella denotaba timidez, ni vergüenza por mostrarse desnuda ante el mundo que la veía nacer. Samuel jamás había soñado con una escultura tan hermosa. El mármol le confería una apariencia atemporal, eternamente joven, y tan pura como su inmaculada concepción, fruto de los genitales de Urano, arrojados al mar por Crono tras castrarlos. Aunque Samuel no sabía eso, cuando encontró aquella escultura de Venus en una galería de segunda quedó cautivo por su belleza.

El artista, un italiano al que quizá perseguía un pasado tumultuoso, la trajo de su país como único equipaje. La había esculpido antes de que el alcohol arrebatara la firmeza de sus manos, y quizá porque aquella Venus representaba todo lo que fue, había preferido el hambre y la miseria a generosas ofertas de compra. La historia no tuvo un final feliz; el artista fue hallado muerto en su habitación, víctima de su mala vida, y al no hallar parientes el juez había entregado la estatua a su casera, a quien el italiano adeudaba varias mensualidades. Fue esta mujer quien la malvendió a la galería.

Con su adquisición, Samuel había liquidado los ahorros de toda una vida. Sabía que el valor del arte, como el de todo cuanto existe, es diferente para cada persona. Por eso siguió negociando, aún cuando era evidente para todos que el tratante había percibido su interés desmedido y se aprovechaba de él. Para Samuel, el valor de aquel mármol en forma de diosa antigua era el de su felicidad.

Apreció su belleza una vez más antes de que los operarios la embalasen para cargarla en la furgoneta. El sol –nunca la había contemplado bajo el sol- iluminó el mármol desde dentro, como Venus fue iluminada por Botticelli en el amanecer de su pintura. La diosa se le antojó tan viva que casi pudo sentir sus cabellos agitados, el viento de la mañana y el sabor del mar. Sintió por aquella obra una devoción tan intensa como  la que profesaba a su prometida, cuyo regalo de bodas iba a acompañar hasta que estuviera instalado en su nuevo hogar.

Su relación, la relación con su Venus de carne y hueso, era distinta de la de cuantas parejas conocía. Conoció a Clara dos años atrás, en la casa de unos amigos comunes. Era una mujer reservada, que mantuvo el silencio toda la velada, al cobijo de las palabras de los más habladores. Cuando Samuel habló de una exposición de pintura sus ojos se iluminaron. “No estoy sola aquí”, debió pensar. Él le sonrió. Era un mero aficionado al arte, y ella una experta, pero lo que Clara vio en él fue la mirada nueva del niño que empieza a aprender.

Mientras conducía hacia su domicilio, tras la furgoneta de la galería, ella le llamó. No sin remordimiento, silenció el teléfono; se sabía mal mentiroso, y le pudo el temor a que ella sospechase algo. Además, ¿no daba mala suerte hablar con la novia antes de la boda? Llevaba meses imaginando su cara de sorpresa. La primera vez que hicieron el amor, en un arrebato de pasión desconocido, él la había llamado Venus. Ella había reído “¿Venus, te parezco? ¿cuál de ellas? ¿No sabes que hay tantas como artistas la han imaginado?.”  Ahora las conocía todas: la Venus de Urbino, la Venus del Espejo, la Venus Dormida, la Venus Victrix… también, por supuesto, la de Botticelli.

La encontró por azar en una galería desconocida, cuando ya se había resignado a no saber expresar cuando sentía por Clara. Reflejaba con fidelidad indescriptible la figura central del nacimiento de la Venus del pintor florentino. Por eso había pagado un precio desmesurado a un farsante sin escrúpulos, y había urdido la instalación de la estatua en su hogar a escondidas, con la complicidad de algún amigo que distraería a Clara.

Aquella escultura le franqueaba una nueva vida, promesas y felicidades, y bien merecía aquel desembolso. Porque Venus era la guinda de un pastel horneado durante mucho tiempo y esfuerzo.

Samuel y Clara habían concebido su unión como la búsqueda de lo perfecto, sacrificando el presente por un futuro incierto. Samuel había retomado sus estudios mientras trabajaba, y en tres años se licenció con notas sobresalientes; Clara se doctoraba con una tesis sobre pigmentos, y trabajó como restauradora en Marruecos y El Salvador. Samuel veía su matrimonio –su reencuentro tras años de separación- como la consecución de todos sus objetivos, y la Venus como el premio merecido.

Mientras los operarios instalaban la grúa en la azotea, el móvil volvió a sonar en su bolsillo. Samuel no le prestó mucha atención; su cabeza seguía el correcto amarre de su Venus, que iba a ser izada hasta el tercer piso. Creyeron conveniente desembalarla en la calle, por la dificultad de introducir aquella enorme caja por el ventanal. Samuel siguió el proceso, y no contuvo la emoción al volver a ver la figura emergiendo de la caja. Sintió dolor cuando la soga estranguló sus desnudeces y ansiedad cuando, con un crujido, Venus abandonó el suelo. La seguía con la vista mientras el teléfono seguía sonando en su bolsillo. Uno de los operarios, con ganas de acabar la jornada, miraba su reloj. Una moto pasó entre un estruendo ensordecedor. Samuel se colocó debajo de la figura; creía estar presenciando un milagro. La soga se balanceaba a uno y otro lado, subiendo con sus ilusiones, mientras el operario del balcón gesticulaba para que siguieran adelante. Alguien se asomó a una ventana. La soga, irracionalmente, se rompió. Samuel vio precipitarse sobre él, con perplejidad, la diosa que le iba a matar.

 

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